Es fascinante pensar que, según las estadísticas, muchas personas temen más hablar en público que morir. ¿Alguna vez lo has considerado? Morir significa dejar atrás a tus seres queridos, perder para siempre el sabor de un buen café, las risas de tus hijos, las charlas con tus padres… Morir es el final definitivo. Y, aun así, el miedo a hablar en público parece superarlo.
¿Por qué nos asusta tanto hablar en público o aprender algo nuevo? ¿Por qué nos cuesta tanto expresar nuestros sueños en voz alta? Muchas personas se atreven a escribir poemas, pero ¿cuántos se atreven a leerlos en voz alta frente a sus amigos? ¿Cuántos se atreven a publicarlos? Conozco a muchos que pintan cuadros, pero esos lienzos a menudo quedan olvidados, acumulando polvo detrás de un sofá, bajo una cama, en el garaje. Seguro que ya me has entendido.
Ahora, prepárate para esto: las personas que están a punto de morir se arrepienten de… ¿de qué te imaginas? Sorprendentemente, no se arrepienten de lo que intentaron y salió mal, sino de lo que nunca se atrevieron a hacer. Todos coinciden en la misma reflexión: “Si hubiera sabido que la vida era esto, habría jugado más, reído más, me habría atrevido a más, habría arriesgado más”.
¿De qué tenemos miedo? ¿De hacer el ridículo, de lo que dirán, de que no salga perfecto? ¿Te suena familiar? A mí sí. Preferimos no intentarlo, por miedo a fallar. Pero piensa bien: ¿hay alguna manera de aprender algo sin cometer errores al principio? Con la práctica, avanzas hasta dominar la técnica. ¿Esperamos hacerlo bien al primer intento? Con esa mentalidad, es probable que terminemos como las estadísticas mencionadas…
¡Felicidades! ¡Vas a morir sin haber hecho el ridículo, sin haber intentado nada porque no lo sabías hacer perfectamente! (Y no te preocupes por el juicio de los demás… porque te juzgarán de todos modos).
Podría ser un epitafio interesante: “Aquí yace alguien que nunca se atrevió a nada, no fuera que no le saliera todo lo bien que quería”. No añadiría “Que descanse en paz”, porque dudo que alguien pueda descansar en paz si no ha vivido su vida al máximo, si no ha perdido el miedo a vivir, a arriesgar, a caer y a levantarse de nuevo, mejorando cada vez un poco más. ¿No es eso, acaso, la esencia del aprendizaje?
¿Te parece ridículo? ¡Bravo! Ese es el primer paso para cambiar.
Cuando decimos de alguien que “se siente cómodo en su piel”, nos referimos a una persona que no teme las apariencias, que se ríe de sus errores, reconoce sus fortalezas y no tiene vergüenza de hablar de ellas. Además, conoce sus debilidades y tampoco se avergüenza de ellas.
Si no lo intentas HOY, mañana te costará un poco más. Si no te atreves HOY, ¿cuándo lo harás? El Talmud dice: “Si no me preocupo por mí, ¿quién lo hará? Si no AHORA, ¿cuándo?”. La palabra clave es ahora, el único momento que realmente existe.
Picasso decía que la inspiración te quiere encontrar trabajando. Parafraseando a Picasso, yo diría que la muerte te quiere encontrar viviendo.
¿Qué me da miedo a mí? Morir sin haber vivido.
Esto me recuerda a las sillas que tenían mis abuelos, cubiertas con plástico para proteger el tapiz. Eran incómodas, y cada vez que te sentabas en ellas, sudabas. Al final, mis abuelos fallecieron y las sillas terminaron en un vertedero. Nadie las disfrutó, pero el tapiz se conservó intacto. ¿Es así como piensas devolver tu vida?