Hemos hablado muchas veces de las creencias limitantes y cómo nos afectan. Suponed que alguien me dice todo el tiempo, “tú no sirves para las matemáticas, por ejemplo, o las ciencias, o los idiomas no son lo tuyo, o el arte, o el dibujo, o la pintura…” estoy segura de que a cada uno de vosotros se os ocurre más de una opción. ¿Qué pasa si eso me lo dicen desde pequeña y qué es lo que suele ocurrir? Yo lo acepto como una verdad absoluta y voy creciendo con ese convencimiento.
Y por esto os he puesto el ejemplo de los espejos, porque ¿qué ocurre si todos los espejos que yo tengo alrededor son espejos distorsionados? Iré creciendo con esa imagen distorsionada de mí. Y es más, si después, con los años, en mi edad adulta, alguien me pone un espejo real, yo diré que esa imagen no es la correcta porque mi cerebro tiene grabada la imagen distorsionada.
Desde el momento en que empiezas a cuestionarte una creencia ya le estás dinamitando los cimientos sobre los que está basada. Y por otro lado, seamos capaces de cuestionar:” lo que me dijeron los adultos o las personas que me rodeaban en mi infancia no tiene por qué ser verdad”. Ya hemos dicho que los niños pequeños no cuestionan la realidad de los adultos. Lo que los adultos les presentan lo aceptan como realidad, como una verdad absoluta. Por eso es tan importante que uno, en la edad adulta, reconozca en primer lugar, que algunas de las personas que me criaron y que seguramente me querían muchísimo, no siempre tenían las herramientas correctas para emitir sobre mi personalidad un diagnóstico. Y por otro lado ellas mismas también arrastraban su propio lastre, y eso es un sesgo.
Me gustaría que os animaseis a miraros en un espejo real y a aceptar que a veces las personas con las que nos criamos nos querían muchísimo, pero nos transmitieron una imagen nuestra a través de un espejo distorsionado.
Atrévete a cuestionar esas creencias limitantes y demuéstrale al mundo, y sobre todo a ti mismo, la imagen que tú quieres y mereces proyectar.