En las investigaciones arqueológicas hemos podido descubrir cómo cada pueblo ha contribuido a la civilización humana. Por ejemplo, los romanos construyeron los baños, las termas, las cloacas, los desagües, los circos… Me parece que de nuestra sociedad, cuando dentro de quinientos investiguen, lo que encontrarán será, sobre todo, centros comerciales. Es una especie de todo en uno, donde uno va allí y algo va a encontrar, algo que hacer, o que comer, y desde luego donde gastar su dinero.
Para alimentar al ganado, hoy día, les atan a la cabeza unas bolsas de forraje para que coman continuamente. Personalmente, cada vez que veo un centro comercial, lo asocio más a las bolsas de forraje del ser occidental del siglo XXI. Y si coincide que un día es festivo y las tiendas han permanecido cerradas (cada vez más infrecuente), al día siguiente la cola que se forma antes de que abra el centro comercial delata la avidez y la necesidad de comprar, o por lo menos de que nos entretengan.
Estadísticamente está demostrado, que las personas con mayor nivel académico, gastan menos en un día libre. Lo cual tiene lógica, ya que si llenas tu vida de temas de contenido, de inquietudes y que generan en tí un área de interés, muchas veces un café y un buen libro bastan para pasar una magnífica tarde de domingo.
Existe una máxima en economía que dice que “el dinero bueno es el que pasa de un bolsillo a otro”. Y en ese sentido, los centros comerciales representan el Templo del Dinero Bueno.
Desde primera hora de la mañana, los centros comerciales están abarrotados y, aunque nos parezca mentira, hasta última hora de la noche. Al final te vas a tu casa muchas veces con un jarrón que no te hace falta, que no te va con nada y que no tienes dónde ponerlo, con medio kilo de palomitas y una película que se supone que es la que tiene que estar todo el mundo viendo. Calorías de más y energía y dinero de menos.
A mí los centros comerciales cada vez me recuerdan más a las bolsas de forraje para el ganado.