Me cuesta trabajo entenderlo: si la imagen que tengo más vista es la de mi cara, no puedo entender esa obsesión con poner mi cara delante de todo. No deja de ser curioso y dice mucho de la dirección en la que, como sociedad, estamos avanzando.
Cuando le pregunté al profesor Michael J. Sandel, premio Princesa de Asturias y uno de los filósofos más prestigiosos de nuestra época, qué pensaba acerca de los selfies, me contestó que un elemento muy llamativo es que en un selfi no interactúan los personajes con los elementos de fondo. Yo puedo estar parada delante de la misma torre Eiffel, o puede ser un decorado o un fotomontaje. En ningún caso se interactúa con el fondo. De hecho, si te fijas en alguien que se está haciendo un selfi, verás que está más preocupado por su propia imagen que por lo que tiene detrás. Y, además, lo principal es subirlo a las redes sociales y añadirle un comentario. Pero ahí no acaba todo. Ahora tienes que ver cuántos likes obtienes.
Yo personalmente no soy mucho de fotos. Tengo algunas fotos, muy pocas, al lado de ciertos personajes que han influido mucho en mi existencia y a los que les estoy enormemente agradecida. En esas fotos ellos están conmigo, somos conscientes de la dicha del encuentro. Son imágenes inspiradoras que cada vez que las veo, me hacen sentir dichosa y privilegiada.
Y me parece que, a veces, llegamos a situaciones absurdas, como me pasó cuando vi en una boda, a una chica bailando sola, grabándose a sí misma en un selfi. Yo creía que a las bodas y eventos sociales uno iba a socializar, a conocer a otras personas, a pasarlo bien en compañía de amigos, pero desde luego, la palabra selfi ya lo dice todo.
Yo personalmente, a los selfies, les pongo un “no me gusta”.