Muchos de nosotros nos preguntamos: ¿cómo está impactando la tecnología en el funcionamiento de nuestro cerebro? En esta área os recomiendo el trabajo del neurocientífico Paul Sturges del que os comaprto algunas de sus principales conclusiones.
En el pasado existía solamente una gama limitada de enfoques para tratar de entender el cerebro. Hoy en día la ética médica descarta la investigación y la experimentación intrusivas con los cerebros de personas vivas. La disección de los cerebros de muertos permitió establecer la forma y la estructura básica del cerebro ya en los tiempos helénicos. Se dio nombre a las distintas partes y poco a poco se fue desarrollando una idea relativamente clara de las funciones que realizan.
Sin embargo, los neurocientíficos han avanzado mucho en la identificación de las funciones que las distintas partes del cerebro parecen realizar y cómo interactúan entre sí. En este sentido, ha fracasado el intento de ligar funciones específicas del cerebro exclusivamente a unas determinadas áreas de este. Lo que sucede en el cerebro es mucho más complejo. Alguna noción sobre esa complejidad se desarrolló en el siglo XIX, cuando por inferencia se supo mucho a partir de la experiencia de personas que habían sufrido lesiones cerebrales y neurológicas. Se hizo evidente que el cerebro tiene un grado de plasticidad, que a menudo le permite compensar los daños. En otras palabras, el cerebro encuentra vías alternativas para cumplir su función.
Quizás la conclusión más importante sea que el cerebro tiene una asombrosa capacidad para cambiar las funciones entre las áreas en respuesta a un daño (vías alternativas) y también parece que el cerebro crece y se fortalece según cómo se utiliza. Una formulación clara de esto la ofrece Nicholas Carr en su artículo: Cómo Internet está cambiando nuestra forma de pensar, leer y recordar: “La forma en que dirigimos nuestra atención y hacemos intervenir nuestros sentidos, cómo recordamos y cómo olvidamos, han dado forma a la estructura física y al funcionamiento de la mente humana. Su uso ha fortalecido algunos circuitos neuronales, dejando desvanecer otros”
A lo que Carr alude aquí es a que la ansiedad que provoca el uso de internet está cambiando los cerebros de los usuarios, y tal vez no para bien. Estas conclusiones se han convertido en uno de los protagonistas de la investigación neurocientífica debido a que nos provee herramientas para enfrentar los desafíos que se presentan en la transformación digital.