El Precio De Decir Siempre Si

EL PRECIO DE DECIR SIEMPRE SI

Todos conocemos a esa persona que se acepta sufrir con tal de que los demás no se peleen; tiene que apaciguar a unos, contentar a otros, donde no quiere enfrentamientos con la familia, con los amigos, y para que nadie se enfrente a nadie, uno acaba sacrificando lo que uno quiere, tu propio entorno muchas veces y desde luego tus necesidades personales.

¿A dónde va toda esa rabia, toda esa frustración que no se atreven a  expresar? La base de la depresión muchas veces es el no escuchar nuestra voz interior. Todos nosotros tenemos necesidades básicas. Y no puedes estar todo el tiempo comiéndote la frustración, tragándote la rabia y la ira al darte cuenta de que mientras tú vas sobrecargado, los demás van descargados.

Cuidado con estos patrones porque suelen perpetuarse en el tiempo y cronifican.

Estas situaciones no son sanas para nadie. No son justas.

No es justo para contigo mismo. Porque dentro de ti están tus propias necesidades. ¿Dónde va, dijimos, toda esa rabia? A base de tragarnos esa frustración, a base de no poder expresarla, no tiene por donde salir y  acaba siendo tóxica y nos hace mucho daño.

Entonces, ¿de qué manera podemos ayudar a que esto cambie? Sopesando muy bien nuestras reacciones. Primero, seamos conscientes de nuestras reacciones, aceptemos nuestra rabia y nuestra frustración. Porque muchas veces estas personas maquillan su realidad: “no pasa nada, si a mí no me molesta, no me molesta comer tarde, no me molesta que se hayan ido sien mí, no me molesta no haber descansado lo suficiente”… pero eso no es cierto. Dentro de cada uno de nosotros reside un niño/a que dice” yo también quiero”. Yo también quiero descansar, yo también quiero que alguien me mime, yo también quiero que alguien me cuide, yo también quiero que alguien se sacrifique por mí.

Entonces, lo primero es ser consciente de esta realidad, aceptarla, porque muchas veces nos negamos a aceptarla, y ver cómo cambiamos el baile. Nosotros no podemos hacer que los demás cambien, pero si nosotros cambiamos nuestra conducta, queriendo o sin querer, los demás tendrán que modificar la suya.

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